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23 abril 2012

De la cueva a la pluma

“El simulacro, la ficción verdadera, es algo así como la errancia de un sentido en busca de su forma: una peregrinación que va de un lenguaje a otro, de una cadencia verbal a otra, hasta que se detiene, se cristaliza, se encuentra a sí mismo”. Tomás Eloy Martínez

Toda historia es una ficción verdadera. Desde los inicios de la humanidad, nos hemos dado a la tarea de compartir historias, de narrar para informar y entretener. Las formas de transmitir las historias han cambiado con el tiempo. Los avances tecnológicos han abierto las puertas a diferentes métodos y nos hemos adaptado a ellos. Desde las pinturas en los muros de las cuevas hasta los ebooks y la reproducción de videos en los teléfonos móviles la intención no ha cambiado: llenar un vacío de la realidad.

En las ficciones verdaderas, el gesto de apropiación de la realidad es evidente por sí mismo. Juegan con la casi imperceptible franja que separa ficción de realidad, o imaginación de certidumbre. El artista se convierte en reparador de la historia, recoge los retazos de historia que se van perdiendo en el camino y los remienda, transforma y reconfigura para preservar la memoria colectiva. Toda ficción nace de un hecho. Algo sucede que conmueve al artista y lo impulsa a producir, a generar, a narrar.

Las formas sí que han cambiado. La ópera y los musicales nos cantan una historia. La envergadura de la música es inimaginable, es una eterna interacción de ilusiones y realismo, tragedia y comedia, simplicidad y complicación. La música, por sí misma, suele ser un shot de ficción, a veces acotada y dirigida por la letra, o una guía melodiosa que permite a nuestras mentes volar.

El cine y el teatro son las representaciones físicas de las ficciones, utilizando producciones y actuaciones que ayudan a reforzar la simulada veracidad de su ficción. El teatro es la síntesis de las bellas artes; allí encontraremos el movimiento y los gestos de la danza; la melodía, el ritmo y la armonía de la música; el color, la masa y la línea de las artes espaciales; así como el lenguaje y la métrica de la literatura. El cine es un arte figurativo, es capaz de ofrecernos, en una sola imagen, un universo que nos da la impresión de ser realidad. Una ventana a las ficciones verdaderas del mundo. La diferencia entre en el teatro y el cine es la visión: en el primero podemos ver en todo momento el espectro completo de la escena, nunca dejamos de ver el escenario en su totalidad; en cambio en el cine estamos a la merced de la visión del director, sólo podemos ver lo que él desea que veamos.

La literatura podría considerarse el corazón de las ficciones verdaderas. Crea verdades que comparten su ser con objetos reales, el resultado es una representación que tiene la misma fuerza de la realidad y engendra una ilusión igualmente verdadera. La literatura muestra un mundo que expone las grandezas y abismos de la condición humana. Los límites y extremos de nuestra naturaleza, las atrocidades de las que somos capaces y las cimas que podemos alcanzar. Toda obra literaria es un pacto entre el autor y el lector. No puede existir uno sin el otro. La lectura tiene que ver con la libertad del individuo, con la insatisfacción que nos mueve, con los vacíos que buscamos llenar; escribir tiene que ver con el deseo de alimentar esa subversión e insatisfacción que nos acompañan.

Cabe mencionar que no toda ficción logra el cometido de ser verdadera y algunas verdades terminan convertidas en ficciones. Lo más importante de una ficción es que sea creíble, que encaje en las leyes del mundo o que cree su propio mundo y leyes, de tal forma que nadie pueda refutarlas. Las personas deben poder reconocerse en la obra o reconocer que pueden creer en lo que sea que el autor les está planteando. Para el autor de una ficción la verdad se encuentra en su imaginación y su cometido es recrearla en la del lector.

Desde los cuentos cortos como El dinosaurio (“Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí”. Augusto Monterroso) o El emigrante (“¿Olvida usted algo? –¡Ojalá!” Luis Felipe Lomelí) hasta las grandes novelas como “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha” de Miguel de Cervantes Saavedra; la literatura recrea mundos en nuestras mentes, mundos que concebimos como posibles, en los que aceptamos parte del autor y a los que les insertamos, como lectores, nuestra propia esencia.

Ya sea en el muro de una cueva, el escenario de un teatro, la melodía de una canción, la voz de una soprano, la pantalla del cine, las páginas de un libro… todos tenemos nuestras ficciones verdaderas favoritas. ¿Cuáles son las suyas?

Pueden encontrar mis ficciones verdaderas en Corvus Philosophus

Christian Guerrero @CorvusPhil

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Etiquetas: Christian Guerrero, cine, Corvus, Cuentos, Ficción, Ficciones verdaderas, historia, libros, literatura, música, ópera, teatro, Tlachiquero de palabras

16 abril 2012

Ibargüengoitia: sátira y picardía

“Y me pregunto ahora si la mano del escritor puede tener una misión más alta que la de definir, fijar, criticar, mostrar el mundo que le ha tocado en suerte vivir”.
Alejo Carpentier

Sé que hay escritores con mayor renombre, que hicieron aportaciones invaluables a la literatura latinoamericana y que se convirtieron en titanes de la literatura, pero hoy quiero hablar de un talentoso mexicano, quien siempre me ha hecho pensar que es una de las joyas un tanto olvidadas de la literatura mexicana: Jorge Ibargüengoitia.

Ibargüengoitia es un escritor que se sale aleja de lo convencional. Todo lo escribe desde una perspectiva humorista, aunque él no se reconocía como un humorista. En una época en la que todos respetaban y veneraban la Revolución mexicana, él hizo un libro en el que se burló de ella; cuando los autores del boom de la literatura latinoamericana escribían novelas contra las dictaduras de América Latina, él prefirió escribir una novela en la que tanto los héroes como los villanos son ridículos; decidió romper con el culto al yo y escribió un libro de cuentos en el que se dedica a burlarse de sí mismo, exponiéndose como un ser humano normal, lleno de torpeza y pobreza; escribe una novela sobre dos criminales que, como cualquier otra persona, buscan una forma de ganarse la vida, sin entender que lo que hacen es un crimen; y, finalmente, escribe un libro en el que trata de desmitificar la conspiración de la independencia de México, su alzamiento y posterior fracaso. Las novelas de Ibargüengoitia logran su cometido: entregarnos una visión diferente de la realidad nacional.

Una novela que reflexiona mucho sobre sí misma corre el peligro de ahogarse si se olvida de seguir moviéndose. Las novelas, los cuentos y los artículos de Ibargüengoitia son puro flujo y movimiento. Avanzan con un “tempo” agradable y ligero. Tiene mucho éxito en darle ese toque de “posibilidad” a sus personajes e historias, en algunas ocasiones tiene tanto éxito que crea una sensación de “certeza histórica”. Dispone del lenguaje de cada día, ese lenguaje que está aún lejos de agotarse. Se interesa en las situaciones que están cercanas a las personas o nos acerca las situaciones históricas que sentimos lejanas, con ese lenguaje asequible a todos.

Las novelas están hechas para ser leídas. Sin la complicidad de un lector, que la descifre y acepte dejarse engañar por el autor convertido en ilusionista, no existirían. Es un deleite convertirse en cómplice de Ibargüengoitia y dejarse engañar por su reinterpretación satírica de nuestra historia o de nuestra sociedad.

Sus habilidades no se reducen a las novelas, fue un cuentista efectivo así como un exitoso y deleitoso cronista de la vida en México. Si leen Instrucciones para vivir en México (un tipo de antología de los artículos que publicó en el Excélsior), encontrarán un sinfín de historias, aparentemente, reales sobre la vida en México que te harán soltar una carcajada de vez en cuando. Tiene la cualidad de hacerte reír y terminar reflexionando sobre las historias absurdas que terminan resultando más familiares de lo que nos gustaría que fueran. Es un autor que supo reproducir, con éxito, el humor y la picardía del mexicano, combinarlo con experiencias (ficticias o reales) del día a día o con eventos históricos.

No está mal satirizar nuestra historia ni nuestra sociedad. La crítica, con humor, sirve para entretener y reflexionar. Contestando la pregunta de Carpentier, Ibargüengoitia encontró la forma de entretener mientras definía, fijaba, criticaba y mostraba el mundo que le tocó vivir.

Ibargüengoitia cumple con lo que Bernard Pingaud llama “el novelista auténtico”, que es un escritor que usa lo que conoce para crear una ficción “no una acción real, sino un sueño verdadero”. Con sus obras nos sumerge en los sueños verdaderos del México sarcástico, pícaro, y a veces ridículo que él, y todos, conocemos y amamos.

“Ocuparse de ese mundo, de ese pequeño mundo, de ese grandísimo mundo, es la tarea del novelista actual. Entenderse con él, con ese pueblo combatiente, criticarlo, exaltarlo, pintarlo, amarlo, tratar de comprenderlo, tratar de hablarle, de hablar de él, de mostrarlo, de mostrar en él las entretelas, los errores, las grandezas y las miserias; de hablar de él más y más, a quienes permanecen sentados al borde del camino, inertes, esperando no sé qué, o quizás nada, pero que tienen, sin embargo, necesidad de que se les diga algo para removerlos”. –Alejo Carpentier-

Los invito a tomar cualquier libro de Ibargüengoitia y les aseguro que lo disfrutarán.

Hasta el próximo lunes.

 

Pueden seguirme en twitter: @CorvusPhil o encontrarme en Corvus Philosophus

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Etiquetas: Corvus, Escritores latinoamericanos, Ibargüengoitia, Jorge Ibargüengoitia, libros, literatura, México, tla, Tlachiquero de palabras

24 octubre 2011

Jean-Paul Charles Aymard Sartre

“por su obra que, rica en ideas y llena del espíritu de la libertad y la búsqueda de la verdad, ha ejercido una influencia de largo alcance en nuestro tiempo” (motivo por el que se le otorgó el Premio Nobel).

El 22 de octubre de 1964 a los 59 años Jean Paul Sartre (escritor y filósofo Francés) rechazó el Premio Nobel de literatura en un comunicado que dio en París. “Un escritor no debe aceptar premios oficiales, porque el hacerlo agregaría la influencia de la institución que honró su trabajo al poder su pluma y eso no sería justo para el lector”. Con esas palabras rechazó uno de los reconocimientos más importantes que existen. Tenía por regla rechazar todo reconocimiento ya que para él los lazos entre la cultura y el hombre debían desarrollarse directamente, sin pasar por las instituciones.

En la ontología de Sartre  lo que diferencia a los seres humanos de todos los demás es precisamente nada. El “ser humano” no es lo mismo que el resto del ser, pero se distingue de el por ese nada que los separa. La nada se encuentra enrollada en el corazón del ser como una lombriz en una manzana. En donde hay nada, hay conciencia, pero esto no significa una correlación. La conciencia y la nada dependen del ser, pero ellos no tienen una esencia, por lo tanto no son. La ontología de Sartre es una descripción fenomenológica de la relación de esta nada, que es la conciencia, al ser del cual depende.

El ser, en la visión de Sartre, es la condición de toda revelación. Para que algo sea revelado, para que esté ahí, tiene que ser, tiene que existir. La conciencia revela al ser. La conciencia nace con el apoyo de un ser que no es en sí mismo. El estar consciente de un objeto, no significa convertirse en ese objeto. El objeto no entra en la conciencia más de lo que la conciencia entra en el. La conciencia no es una cosa, no es una entidad ni una sustancia. Sartre la llama un “absoluto no sustancial”. Es absoluto porque es insustancial. Toda conciencia es conciencia de algo y al mismo tiempo conciencia de sí mismo.

“El hombre es el único que no sólo es tal como él se concibe, sino tal como él se quiere, y como se concibe después de la existencia, como se quiere después de este impulso hacia la existencia; el hombre no es otra cosa que lo que él se hace. Éste es el primer principio del existencialismo.” (El existencialismo es un humanismo, J. P. Sartre).

Para Sartre el ser humano está "condenado a ser libre”. En su visión somos arrojados a la acción y somos responsables plenamente de nuestras acciones sin excusas. Esto es porque no existe un creador que nos visualice, y utilice, como instrumentos, con un propósito y un destino. Por lo tanto la existencia precede a la esencia. Nuestra existencia como seres humanos es una existencia consciente. Como ya dije el ser del hombre se distingue del ser de la cosa porque es consciente. La existencia humana es un fenómeno subjetivo, en el sentido de que es conciencia del mundo y conciencia de sí y que el acto de ser consciente es precisamente la introducción de la separación de (auto) conocimiento de su objeto.

Todo esto lo podemos ver en su novela más célebre: La Nausea. En la que ilustra a través del protagonista de la novela, como la autenticidad y la libertad no se pueden aprender y se deben ganar. Lo más importante en la vida es la experiencia, muy por encima del conocimiento. No contamos con una naturaleza humano o instintos que nos guíen, sólo contamos con la experiencia que vamos adquiriendo en nuestra vida. También pensaba que las novelas podían servir de ejemplos de vida, de los cuales podemos extraer lecciones o ejemplos que se adhieran a nuestra experiencia.

Roquentin, el protagonista de La Nausea, se encuentra por todos lados con situaciones impregnadas de significados que llevan el sello de su existencia. Todo lo que encuentra en su vida está rodeado por el omnipresente hedor y, desagradable, sabor de su libertad. Por más que lo intenta no puede huir de su compromiso con el mundo y la vida. Roquentin padece esa condena de ser libre, en su peor faceta, que es la autonomía de la voluntad. Nuestra moralidad se subyace a nuestra habilidad de elegir, derivada de nuestra libertad, condicionada por el contexto. La moralidad es subjetiva; el juzgar si es correcto o incorrecto varía dependiendo de la perspectiva y el contexto. Sartre pone en evidencia, en esta brillante novela, la indiferencia del mundo hacia el individuo.

Con el temor de que no me vuelvan a leer si sigo escribiendo, hasta aquí dejo esta breve revisión de las ideas de Sartre y su obra. Los invito a conocerlo mejor, leer La Nausea y juzgar si mis palabras le hacen justicia a la brillantez de la única persona que ha rechazado un Premio Nobel por voluntad propia.

Twitter: CorvusPhil

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Etiquetas: Christian Guerrero, Corvus, filosofia, Jean Paul Sartre, libros, literatura, Nausea, Premio Nobel, Tlachiquero de palabras

18 junio 2011

Más vale solo que mal acompañado.

Apenas leí el tema de la semana, me rehusé a asimilarlo. ¿Cómo se atrevería alguien a no querer releer un libro? Siempre hay nuevas perspectivas y aprendizajes que le ayudan a uno a descifrar nuevos códigos, así que me dispuse a negarme a pensar en lo que escribiría. Aproximadamente 24 horas antes del jueves, día que me tocaría postear, me había desenmascarado y encontrado aquél libro al que no le daría la satisfacción de hacerme perder otros 6 meses de mi vida… sí, 6 meses, aunque cabe aclarar que lo abandoné 5 por la aburrición que me provocó.

(Pues antes de continuar expreso mi más sincera disculpa por el atraso, esta vida de NO nini puede ser muy absorbente y agotadora).

Pues ahí me encontraba yo leyendo un libro multiganador de páginas y artículos en los mejores espacios de discusión literaria, favorita de gente importante en mi vida (mi padre por ejemplo) por un autor más famoso que la Catsup –al menos entre lectores- y no me intimidé por el grosor ni el árbol genealógico del principio.

Pues a las 2 semanas, varios capítulos después, opté por descansar de él e insertarme en otros libros, 5 meses después recordé su existencia y lo desempolvé, seguí leyendo, obviamente intercalando con otras lecturas que me motivasen a seguir leyendo y no terminar con muchos puntos de IQ menos.

Mi confusión entre los personajes y eras crecía y disminuía (usualmente por ayuda del árbol genealógico ya mencionado) y esto aunado y los periodos de abandono. Finalmente logré llegar al final, debo admitir que éste fue ÉPICO, pero para nada suficientemente fuerte para salvar las otras 568 páginas.

Pues sí, espero no causar ningún conflicto, controversia o perder follogüers, pero el libro que no volvería a leer es “100 años de soledad”… aunque mi padre diga y rediga que Macondo bien podría ser cualquier pueblo de Tabasco por remoto, exótico, caluroso, lluvioso e incestoso, aunque MAR-GA-RI-TA (léase en tono de la diosa de la cumbia) reina de la semiótica o Bobby-el-divo digan que es EL pináculo e hito de la literatura latinoamericana (que claro que lo es), bajo ninguna circunstancia de vida o muerte volvería a leerlo, preferiría que la Señorita Laura y Niurka me fuetearan mientras leo la biblia.

Publicado por YaïrML en 13:57 3 comentarios
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Etiquetas: Curado de naranja, libros, literatura latinoamericana, YaïrML

30 marzo 2011

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento...

No sé qué me gusta más de los años sesenta: la revolución cubana, el Che Guevara, la publicación de “Cien Años de Soledad”, la fundación de Rolling Stones, la aparición de los Beatles, los hippies, las revoluciones del 68, o el impacto de la muerte de Marilyn Monroe (Adivinaron, wikipedié década de los 60’s)
Y como no quiero abarcar todos los temas porque luego Leo amenaza con correrme del blog, voy a hablar del tema que más conozco y que hace que mi corazón lata como título de novela de Anahí. O sea a mil por hora.
Siendo yo una bella e inteligente alumna, cuyo talento estaba siendo desperdiciado en la burocrática escuela con orígenes regios, un día soleado de verano me dirigía a mi primera clase de Literatura Latinoamericana con la Dra. Margarita Espinosa con “s”. Era la tercera vez que tenía clases con ella, y todavía me sorprendía su capacidad de intimidarme a través de su dedo amenazador cuyo barniz de uñas siempre iba coordinado con el color de su vestimenta. A pocos profesores les guardo un respeto tan profundo, y a todavía menos los recuerdo con el mismo cariño que a ella, quien a pesar de haber pasado conmigo 1 año y medio, jamás logró aburrirme.
Pero bueno, esto es un post de los años 60’s no de mi amor por Miss Semiótica. Continuemos.
Fue en esa clase donde escuché por primera vez el término “Boom Latinoamericano”. Se refería a la década de los 60’s, donde aparecieron grandes escritores que marcarían el futuro literario de nuestra región. Entre 1960 y 1970, García Márquez publicó “Cien Años de Soledad”, Cortázar su “Rayuela”, Mario Vargas Llosa “La ciudad y los perros” y Carlos Fuentes “La Muerte de Artemio Cruz”. Claro que hubo más autores, pero esos son los más conocidos.
Antes de esa época, los escritores latinoamericanos intentaban imitar estilos de otras partes del mundo, porque no había una corriente originaria de nuestro lado. El romanticismo, el realismo, etc. son corrientes literarias europeas, nacidas en contexto europeo y que respondían a necesidades europeas (y quizás gringas).
Pero en la década de los 60’s muchas cosas cambiaron en nuestra región. Comenzando por la revolución cubana que era interpretado por muchos como el símbolo antigringo y la prueba del triunfo del pueblo sobre la tiranía (años después muchos escritores se arrepentirían de su apoyo a Fidel Castro) O está el famoso viaje del Che Guevara símbolo de la libertad tan necesitada en Latinoamérica y la igualdad prometida. Las revoluciones estudiantiles alrededor del mundo y su impacto en la famosa matanza de Tlatelolco en nuestro país. La crisis de los misiles, el primer disco de Rocío Durcal. Ok, omitan este último dato.
Hay un escrito muy bello de García Márquez que habla de la soledad a la que está condenada América Latina al decir que nadie puede comprendernos porque tenemos una mezcla cultural, política y social tan genuina que ningún modelo exterior logra se ‘acomodar’ a nuestra realidad.
Y eso cambió en los 60’s. Primeramente por lo que sucedía en Cuba, pero también por la aparición de la literatura y su nuevo género, el realismo mágico.
Ustedes queridos lectores ignorantes dirán: ¿Qué es el realismo mágico? Y yo, que ya wikipedié el término para darles una explicación digerible, les explico. Es ver la fantasía o paranormal, como algo cotidiano. ¿Recuerdan Pedro Páramo y sus miles de fantasmas? Eso es realismo mágico. O mejor, el libro de Cien Años de Soledad con los miles de fantasmas de la familia Buendía conviviendo. Eso también es realismo mágico.
Y yo sé que ustedes siempre piensan que soy una exagerada, pero no me importa. Cada uno de los autores que he mencionado (porque he leído al menos un libro de cada uno de ellos) ha provocado que me sienta orgullosa de la zona en la que nací, orgullosa de mi lengua materna, de la grasa en mis caderas, de ese misticismo latinoamericano.
Pero también es triste releerlos, porque en términos contemporáneos, ya no hay escritores así. O al menos no los he encontrado. Ya no existe ese toque de “El Señor Presidente” o hasta la originalidad (por mucho que me duela admitirlo) de Rayuela. Ya todo es la copia de la copia de la copia de la copia de la copia. Y como la gente no lee, pues ni se da cuenta.
¿Cuándo tendremos una nueva década de los 60’s?


**Link del documento de García Márquez aquí
Publicado por Jean Genie en 11:36 5 comentarios
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Etiquetas: América Latina, años sesenta, Entre pulques cervezas y vinos, libros, Pau

12 enero 2011

La invitada de José Vasconcelos

Hay besos que pronuncian por sí solos 
la sentencia de amor condenatoria, 
hay besos que se dan con la mirada 
hay besos que se dan con la memoria.




En 1945 Lucila Godoy Alcayaga recibió uno de los premios más prestigiosos de la literatura: El Nobel. La noticia hubiera seguido el ciclo de tantas otras: emoción por un par de semanas y después ni quién se acordara. Pero esta vez era diferente: era la primera vez que alguien de América Latina recibía este premio. Y además era una mujer.
Lucila nació en Vicuña, Chile. Una región que está en el noreste del país y que colinda con Argentina. Recibe el título de “Profesora del Estado” muchos años después de comenzar a ejercer esa profesión. Se lo otorgan por su experiencia y conocimientos empíricos, ya que jamás pisó la Universidad.
Su primer reconocimiento es en 1914, en los Juegos Florales de Santiago de Chile. Irónico, es el año en que inicia la Primera Guerra Mundial. Y el Nobel, lo recibe en el año en el que termina la Segunda. Su seudónimo era una combinación de los nombres de Gabriele D’Annunzio (autor de “Francesca de Rimini”) y Frédéric Mistral (ganador del Nobel en 1904).
A ella debemos las bases  de nuestro sistema educacional. Si, el de México. La invitó José Vasconcelos en 1922, debido a su reputación como profesora. Ese mismo año se publica en Estados Unidos  (desde mi punto de vista) su mejor obra: Desolación. Habría de pasar un par de años para que esa obra tan espléndida tocara su país natal.
Y bueno, podría seguir relatando su vida, pero ésa la encuentran en Wikipedia, biografías.com o en el buscador de su preferencia. Yo de lo que quiero hablar es de su obra.
La poesía siempre me ha parecido una zona escabrosa. De esas que si no tienes talento mejor ni te metas. Para mí, este género literario no tiene medias tintas, o sientes el poema, o no. O logras transmitir, o no. Y en mi lista de poetas (se aceptan recomendaciones) esta mujer tiene un pedestal.
Uno puede tener el mejor día de su vida, de esos que crees que no se arruinan, y de repente toparte con su poema “La Mujer Estéril”, y compartir la tristeza que se refleja en él. O leer “Piececitos” y sentir como la indignación y la rabia nos inflaman el alma. O recordar toda nuestra vida amorosa a través de “Besos”. Sus temas son tan extensos, y el sentimiento reflejado en cada una de sus obras es tan profundo, que podemos leerlos una y otra y otra y otra y otra vez y jamás se agotan.
Tan grande ella. Sí, estoy hablando de Gabriela Mistral.
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